Friday, November 7, 2008

LA TRILOGÍA DE BOURNE

20 de Febrero de 2008

“PUEDO DARTE LAS MATRÍCULAS DE TODOS LOS COCHES APARCADOS AHÍ FUERA, SÉ QUE EL TIPO DE LA BARRA PESA 80 KG Y SABE DEFENDERSE, QUE EL MEJOR SITIO PARA ENCONTRAR UN ARMA ES LA CABINA DE ESE CAMIÓN Y QUE A ESTA ALTURA PUEDO HACER UN SPRINT DE 400 M SIN QUE ME TIEMBLEN LAS PIERNAS…CÓMO PUEDO SABER TODO ESO Y NO SABER QUIÉN SOY???…”

Esta frase resume el espíritu y el secreto del éxito de la mejor serie de espías que se ha parido para el cine en los últimos 25 años.

Correcto, lo habéis visto bien, esta crítica va a ser ultraentusiasta y por tanto deberéis aplicar el factor de corrección necesario para disfrutar de un punto de referencia objetivo. Avisado queda.

Nunca hubiese imaginado que de un escritor de best sellers de espionaje, Robert Ludlum, pudiese resultar un trabajo tan redondo, creíble, y que se convirtiese en inmediato punto de referencia para el género.

Me enfrenté a la primera parte de la trilogía con enorme recelo, quizá por eso es de la que guardo mejor recuerdo, ya que una vez revisitadas, debo reconocer que las tres hacen gala de la misma calidad.

Mis reservas provenían de un concepto que como casi todos había disfrutado en mi infancia, pero que ya hacía años que se había convertido en una parodia de sí mismo (si hubo algún momento en que no lo fué): James Bond.

Gracias a Alfred Hitchcock las coincidencias acabaron en el género de espías y las iniciales JB.

Poco a poco te vas dando cuenta de que hay algo que te absorbe, y dejas de pensar en qué fué exactamente lo que dijiste para ofender a tu novia, como me suele pasar en este tipo de películas, para darle vueltas a cómo acaba un tipo flotando inconsciente frente a las costas de Génova, siendo rescatado por un pesquero y descubriendo que sufre amnesia.

Empezando por la banda sonora.

Enorme sorpresa me llevé al investigar sobre el compositor, John Powell y encontrar títulos como Shrek, Ants o Ice Age II, que son absolutamente respetables pero con ese curricilum hubiese sido el último individuo al que se me ocurriría encargar la bso de una peli de acción.

Sorpresa, porque parece que haya pasado toda su vida creando ambientes de suspense y porque consigue algo realmente difícil en este tipo de géneros: Permanecer a un nivel casi inconsciente para aparecer en primer plano en momentos de tensión clave.

A continuación llama la atención otra de las claves de la trilogía: La verosimilitud.

Frente a las construcciones faraónicas, hoteles de chorrocientas estrellas y concept cars futuristas que suelen poblar las historias de espías, te encuentras con puertos y estaciones perfectamente reconocibles (básicamente porque son escenarios reales), hoteles enmoquetados con mal gusto, vespas y minis (de los viejos ambos).

Esto, junto a un nivel de la tecnología mostrada muy cercano a la realidad, (con contadas excepciones) e incluso desfasado en algunos aspectos contribuye a crear una sensación de familiaridad que consigue una inmersión sin reservas en la trama.

Una trama que ejecuta religiosa y ordenadamente todos los pasos para construir una buena historia: Presenta personajes con entidad y motivaciones, crea situaciones que les hacen avanzar y evolucionar, con explicaciones creíbles y consecuencias coherentes para cada uno de los peldaños que llevan a una conclusión final que, si se han cumplido estos pasos, debe provocar un sólo pensamiento en el espectador: “Eso es lo que tenía que pasar”.

Aún con este óptimo caldo de cultivo, generar un thriller de acción realista tiene una gran dificultad: Mantener el ritmo.

Y amigos, el ritmo que consiguen tanto Doug Liman en Identity, como Paul Greengrass en Supremacy y Ultimatum es A-CO-JO-NAN-TE.

La acción fluye con naturalidad de Génova a Zurich, París, Moscú o Londres, tomando ventaja de contar con localizaciones reales para resultar casi en road movies pero con escenarios urbanos que destilan adrenalina al llegar a dos de los hitos de la serie: Las persecuciones y las peleas.

La persecución protagonizada por un Mini Cooper desvencijado por las calles de París es ya historia del cine que sonrojaría de envídia a John Frankenheimer.

Las peleas cuerpo a cuerpo en habitaciones de hotel y huecos de escalera, así como los tiroteos y persecuciones a pie (la de Tanger en Ultimatum es cojonuda) con una milimétrica coreografía, rodaje cámara en mano y montajes speedicos, han creado escuela. (De hecho, el salto de calidad que ha dado la serie de 007 en su reinvención con Daniel Craig es muy deudor del estilo Jason Bourne).

Para apuntalar todo esto, sin embargo, se necesita algo que no se encuentra fácilmente: Actores protagonistas de calidad y con carisma, pero que no sean estrellas de primera línea que desvíen la atención del espectador, para poder poner toda la intensidad en el desarrollo de la trama.

Pues señores, si les hablo de Chris Cooper, Brian Cox, David Strathairn, Scott Glenn, Albert Finney, Joan Allen, Franka Potente, Clive Owen, Julia Stiles, Karl Urban y finalmente Matt Damon, seguramente tendremos serios problemas para identificar a bote pronto una sola peli con alguno de ellos como protagonista en plan estrella.

No obstante, todos y cada uno de ellos tiene una indiscutible calidad y varios de ellos irradian carisma. A gusto personal añado que algunos de los más veteranos aportan, además, una clase que en el star system contemporáneo es una rara avis.

Me detengo a destacar a Matt Damon. Creo que con otra elección de protagonista la serie hubiese tenido un tono radicalmente diferente, que no se hubiese alejado tanto de las obras del género realizadas hasta la fecha.

Aunque sea más mérito del director de cásting que suyo, es una elección perfecta como espía al tener una apariencia ciertamente insulsa, de hermano pequeño, o de tipo que trabaja en el despacho de al lado y te encuentras en la máquina de café.

Hasta Jason Bourne no ha sido nunca santo de mi devoción (quizás Talented Mr.Ripley se salva, no sé…) pero me quito el sombrero ante el desarrollo que hace de este personaje.

Comunica de forma fantástica tanto la sensación de desamparo debida a su amnesia, como la efectividad de un asesino despiadado que ejecuta sus movimientos de forma automática y natural, se trate de romper un cuello o de forzar una puerta.

Me ha devuelto las sensación de implicación con el personaje perseguido que le acerca a grandes como Robert Redford en Los Tres Días del Cóndor, Paul Newman en Cortina Rasgada o El Premio, o Steve McQueen en La Huída…Gracias señor Damon.

Bien, pues. Por último os diré que recomiendo ver las tres pelis de un tirón. Su ritmo lo permite y no se me ocurre mejor forma de elogio y recomendación.

Sin más me despido,

David

 

Posted by DAVID BADIA at 22:39:33
Comments

Leave a Reply